dilluns, 17 de juny de 2013

Dramatització d'un conte de Dino Buzzati

No us podeu perdre l'obra de teatre "Cae" inspirada en el conte de Dino Buzzati "Muchacha que cae" i que us posem a continuació. La dramatització de contes és un recurs estilístic molt interessant que des d'aquest portal dedicat al microrelats us invitem a experimentar.


"Muchacha que cae"

A los diecinueve años, Marta se asomó a lo alto del rascacielos y, viendo abajo la ciudad que resplandecía en la noche, fue presa del vértigo.

El rascacielos era de plata, supremo y feliz en aquella noche bellísima y pura, mientras que el viento desgarraba aquí y allá sutiles filamentos de las nubes contra un fondo de un azul absolutamente increíble. De hecho, era aquella hora en que a las ciudades les viene la inspiración y todo aquel que no está ciego se queda arrebatado. Desde la aérea cima la muchacha veía retorcerse las calles y las masas de los palacios en el largo espasmo del crepúsculo, y allí donde acababa el blanco de las casas comenzaba el azul del mar, que visto desde lo alto parecía hacer pendiente. Y según avanzaba desde el oriente el telón de la noche, la ciudad se fue volviendo un dulce abismo titilante de luces; que palpitaba. Dentro había hombres poderosos y mujeres que lo eran todavía más, los abrigos de pieles y los violines, los coches esmaltados de ónice, los rótulos fosforescentes de los cabarets, los atrios de las mansiones a oscuras, las fuentes, los diamantes, los antiguos jardines taciturnos, las fiestas, los deseos, los amores y, sobre todo, ese irresistible encanto de la noche que hace soñar en la grandeza y la gloria.

Viendo estas cosas, Marta se asomó con despreocupación por la balaustrada y se dejó ir. Le pareció lanzarse al aire, pero caía. Teniendo en cuenta la extraordinaria altura del rascacielos, las calles y las plazas de abajo estaban sumamente lejos, quién sabe cuánto tiempo tardaría en llegar a ellas. Pero la muchacha caía.

A aquella hora las terrazas y los balcones de los últimos pisos estaban llenos de gente elegante y rica que tomaba cocktails y hablaba de tonterías. Llegaban oleadas dispersas y confusas de melodías. Marta pasó por delante y muchos se asomaron a verla.

Vuelos de esa clase –en su mayoría precisamente muchachas– no eran raros en el rascacielos y para los inquilinos constituían una distracción interesante; ésa era también la causa de que el precio de aquellos apartamentos fuera tan elevado.

El sol, no oculto todavía del todo, hizo lo que pudo por iluminar el vestido de Marta. Era un modesto traje de confección de primavera que había costado poco dinero. Pero la poética luz del crepúsculo lo realzaba un poco, haciéndolo chic.

Desde los balcones de los multimillonarios, manos galantes se tendían hacia ella ofreciéndole flores y vasos. «Señorita, ¿un pequeño drink?... Dulce mariposa, ¿por qué no se queda un minuto con nosotros?» Ella reía, mientras flotaba, feliz (pero mientras tanto caía): «No, gracias, amigos. No puedo. Tengo prisa por llegar».  


«¿Por llegar adónde?», le preguntaban.  
«Ah, no me hagáis hablar», respondía Marta, y agitaba las manos haciendo un familiar gesto de saludo.

Un joven alto, moreno, muy distinguido, alargó los brazos para atraparla. Le gustaba. Sin embargo, Marta se soltó velozmente: «¿Qué libertades son ésas, señor?», e incluso le dio tiempo a darle con un dedo un golpecito en la nariz.

La gente elegante, pues, se interesaba por ella y eso la llenaba de satisfacción. Se sentía fascinante, de moda. En las floridas terrazas, entre el ir y venir de camareros de blanco y las ráfagas de canciones exóticas, se habló por algún minuto, o quizá menos, de aquella joven que estaba pasando (de arriba abajo, con trayectoria vertical). Algunos la estimaban bella, otros así así, a todos les pareció interesante.

«Tiene usted toda la vida por delante», le decían, «¿por qué corre tanto? Ya tendrá tiempo de correr y fatigarse. Quédese un momento con nosotros, no es más que una modesta reunión de amigos, entendámonos, pero se sentirá cómoda».

Ella hacía intención de responder, pero ya la fuerza de la gravedad la había llevado al piso de abajo, a dos, tres, cuatro pisos más abajo; como se cae, de hecho, alegremente, cuando apenas se tienen diecinueve años.

Lo cierto es que la distancia que la separaba del fondo, es decir, del plano de las calles, era inmensa; menor que hacía poco, ciertamente, pero aun así considerable.

Sin embargo, mientras tanto el sol se había zambullido en el mar, se le había visto desaparecer transformado en un tremolante hongo rojizo. Ya no estaban sus rayos vivificantes para iluminar el vestido de la muchacha y transformarla en un seductor cometa. Menos mal que las ventanas y las terrazas del rascacielos estaban casi todas iluminadas y a medida que pasaba por delante de ellas sus intensos resplandores la alcanzaban de lleno.

Ahora, en el interior de los apartamentos Marta ya no veía sólo reuniones de gente despreocupada; de cuando en cuando había también oficinas donde los empleados, con guardapolvos negros o azules, se sentaban en mesas que formaban grandes hileras. Muchos eran tan jóvenes como ella o incluso más, y, cansados ya de la jornada, levantaban cada tanto los ojos de los papeles y de las máquinas de escribir. También ellos, pues, la vieron, y algunos corrieron a las ventanas: «¿Dónde vas? ¿Por qué tanta prisa? ¿Quién eres?» le gritaban, y en sus voces se adivinaba algo parecido a la envidia.

«Me esperan abajo –respondía ella–. No puedo detenerme. Perdonadme. » Y seguía riendo, ondeando sobre el precipicio, pero no eran ya las carcajadas de antes. La noche había caído imperceptiblemente y Marta comenzaba a sentir frío.

En aquel momento, al mirar hacia abajo, vio en la entrada de un palacio un vivo resplandor de luces. Se detenían allí largos coches negros (en la distancia grandes como hormigas), y de ellos bajaban hombres y mujeres, deseosos de entrar en él. En medio de aquel hormigueo le pareció distinguir el brillo de las joyas. Sobre la entrada ondeaban banderas.

Había una gran fiesta, evidentemente, justo aquella con la que ella, Marta, soñaba desde que era niña. Qué desgracia si faltara. Allí abajo la esperaba la ocasión, el destino, la aventura, la verdadera inauguración de la vida. ¿Llegaría a tiempo?

Advirtió con despecho que una treintena de metros más allá caía también otra muchacha. Era sin lugar a dudas más bonita que ella y llevaba puesto un vestido de tarde de bastante clase. Quién sabe por qué, caía a una velocidad muy superior a la suya, hasta el punto de que en pocos instantes la adelantó y desapareció en lo bajo pese a las llamadas de Marta. Sin duda llegaría a la fiesta antes que ella; podía ser que todo obedeciera a un plan urdido para suplantarla.

Luego se dio cuenta de que no eran ellas dos las únicas en caer. A lo largo de las caras del rascacielos otras mujeres muy jóvenes se precipitaban hacia abajo con los rostros tensos por la emoción del vuelo, agitando festivamente las manos como si dijeran: eh, estamos aquí, es nuestro momento, agasajadnos, ¿acaso no es nuestro el mundo?

Así pues, era una competición. Y ella no llevaba más que un mísero vestidito, mientras que las otras lucían modelos de corte distinguido y alguna, incluso, se ceñía sobre los hombros desnudos amplias estolas de visón. Tan segura de sí cuando había levantado el vuelo, ahora Marta sentía crecer en su interior un estremecimiento; quizá fuera simplemente el frío, pero quizá fuera también miedo, el miedo de haberse equivocado sin remedio.

Ahora parecía ya noche cerrada. Las ventanas se apagaban una tras otra, los ecos de melodías se hicieron más escasos, las oficinas estaban vacías, ningún joven se asomaba ya a los antepechos tendiendo sus manos. ¿Qué hora era? Allá abajo, a la entrada del palacio –que entre tanto se había hecho más grande, pudiéndose distinguir ahora todos los detalles de su arquitectura–, las luces permanecían intactas, pero el movimiento de coches había cesado. Al contrario, de cuando en cuando salían de la entrada iluminada pequeños grupos que se alejaban con paso cansado. Luego, incluso las luces de la entrada se apagaron.

 Marta sintió encogérsele el corazón. Ay de mí, ya no llegaré a tiempo a la fiesta. Al mirar hacia arriba vio el pináculo del rascacielos en todo su cruel poderío. Casi todo él estaba a oscuras, sólo unas pocas y aisladas ventanas seguían iluminadas en los últimos pisos. Y sobre su cima se extendían lentamente las primeras luces del alba.

En un comedor del vigésimo octavo piso, un hombre de unos cuarenta años se tomaba el café del desayuno mientras leía el periódico y su mujer arreglaba la casa. Un reloj sobre un aparador marcaba las nueve menos cuarto. Una sombra pasó, fugaz, por delante de la ventana.

–Alberto –gritó la mujer–, ¿has visto? Ha pasado una mujer.
–¿Cómo era? –preguntó él sin apartar los ojos del periódico.
–Una vieja –respondió la mujer–. Una vieja decrépita. Parecía asustada.
–Siempre pasa igual –rezongó el hombre–. Por estos pisos tan bajos no pasan más que viejas caducas. Las chicas guapas se ven del quingentésimo para arriba. No por nada cuestan esos apartamentos tan caros.
–Pero aquí abajo –observó la mujer– por lo menos tenemos la ventaja de que se puede oír el golpe cuando llegan al suelo.
–Esta vez, ni siquiera eso –dijo él meneando la cabeza después de haberse quedado escuchando unos instantes. Y se tomó otro sorbo de café.


 Relatos (Traducción Javier Setó)

ACTIVITATS:

dimarts, 11 de juny de 2013

Taller de poesies en francés

El departament de Francés de l'IES Isabel de Villena ha portat a cap un taller de creació de poesies que hem plasmat en aquest quadernet poètic i en aquests podcast que ens han servit per a practicar l'oral. Esperem que us agraden us animeu a aprendre altres llengües.




dimecres, 5 de juny de 2013

Microrelats de l'alumnat 7

A l'instant de Jennifer López

Une petite étoile brillait dans le ciel sombre. Elle était toute seule. Je l'ai vue mais elle a disparu tout à coup. Ma bougie s'est éteinte. Je me suis couchée. Ma mère est entrée dans ma chambre et elle m'a embrassée sur le front. Quand elle est partie, j'ai essayé de dormir mais je ne pouvais pas. Peu après, j'ai ouvert mes yeux. Un éclat m'a aveuglé. Serait-ce la petite étoile? Je me suis levée et j'ai vu une maison incendiée, c'était la maison de Pierre et sa famille. J'ai descendu l'escalier très vite. J'ai cherché ma mère, mais je ne l'ai pas trouvée. Je suis sortie dans la rue. La ville semblait une ville déserte. Je suis entrée dans sa maison mais à l'instant j'ai entendu un bip sonore, c'était mon réveil. C'était l'heure de partir au lycée!


Una pequeña estrella brillaba en el cielo oscuro. Ella estaba sola. La vi pero desapareció de repente. Mi vela se apagó. Me fui a la cama. Mi madre entró en mi habitación y me besó en la frente. Cuando se fue, intenté dormir, pero no pude. Poco después, abrí los ojos. Una resplandor me cegó. ¿Será la pequeña estrella? Me levanté y vi una casa en llamas, era la casa de Pedro y su familia. Bajé las escaleras rápidamente. Busqué a mi madre, pero no la he encontré. Salí a la calle. El pueblo parecía un pueblo desierto. Entré en su casa, pero en ese momento escuché una alarma, era mi despertador. ¡Era hora de ir al insti!

Microrelats de l'alumnat 6


Le Dollar d’argent  de Mireia

Quand Ruben avait 10 ans, tous les dimanches il accompagnait son père dans son parcours des rues de Valence à la recherche de pièces de monnaie, son passe-temps préféré.
Ruben était enchanté de ses visites, son père lui racontait toujours des histoires: “Chaque pièce à sa propre histoire”.
Chaque fois que Ruben s’approchait à un stand il se voyait voyager dans le temps.
Ruben demandait toujours à son père de lui acheter “le dollar d’argent” avec la figure de la liberté. Son père lui répondait toujours la même chose “La liberté est précieuse, il faut la gagner”. Ruben pensait toujours à cette phrase.
À ses 16 ans le père de Ruben est décédé et il prend la détermination d’économiser suffisamment pour acheter la pièce et gagner sa liberté.
Chaque fois que Ruben fait briller son “dollar d’argent” il sent que son père est près de lui.



"Cuando Rubén tenía 10 años, todos los domingos acompañaba a su padre para recorrer las callejuelas de Valencia, en su afición, buscar monedas.
A Rubén le encanta ir, además su padre siempre le contaba historias. "Cada moneda tiene su propia historia". Cada vez que Rubén visitaba un puesto, imaginaba que viajaba en el tiempo.
Rubén siempre le pedía a su padre que le comprase el dólar de plata con la figura de la libertad. Su padre siempre le contestaba lo mismo ""La libertad es muy valiosa, tienes que ganarla"". Rubén siempre se quedaba pensando en esa frase.
Cuando Rubén cumplió los 16 años su padre falleció y decidió ahorrar para comprar la moneda y empezar a ganar su libertad.
Cada vez que Rubén saca brillo a su dólar de plata, siente que su padre está cerca."

dimarts, 4 de juny de 2013

Microrelats de l'alumnat 5


In the laundry by Rubén Extremera

"All begins on a Friday morning. I didn’t want to go to school so I planned to go into my mother’s car when she went to work. She didn’t realize that I was there. But before that I had told her goodbye, pretending that I was going to school.
My mother works in a really big laundry that has enormous washing machines. I liked the place, and because I’m a very curious child I began to investigate how they worked. But just in that moment someone got into the laundry, so I hid in the washing machine. I was very unlucky! Just in that moment the washing machine started to wash, and I didn’t know what to do. Each lap was unbearable, and I thought: “this won’t stop”.
Suddenly the washing machine stopped. It was my mother, so I quickly hid under the clothes. After that she took me to a dryer. "It was so hot!"

dilluns, 3 de juny de 2013

Microrelats de l'alumnat 3


A terrible life by Vicente Santo Tomás

"Hello, I'm a banana, and my name is Luana. I grew two weeks ago in the Canary Islands. My father has planted me (like a tree) in a large field. I was the most beautiful and big banana, and when the first costumer entered my father's shop, he bought me, and now I'm in a fridge.
Few minutes ago, I have listened to a person, and he has said:
-''Today I'll eat some fruit''.
-''Oh! I'm frightened. Today I will die. I don't want to die, because I'm young.-I said. When the lunchtime arrives, a boy opens he fridge. I'm very very scared. He wants to eat a banana or an apple! His hand is around me.
-Please! Choose the apple''.-I think.
Finally, he decides to eat an apple.
-''I'm alive, but I want to leave this fridge.''

Microrelats de l'alumnat 4

I died this day by Estefania Navarro

"On Monday at seven o'clock: I woke up I woke up my children. When they were eating breakfast, I was washing the dishes. Then I carried them to the school. In the Way to the supermarket, I felt someone following me but when I turned around there was nobody. I continued walking but I was feeling someone. At the supermarket I bought some vegetables, a lot of candies and other things. When I left the supermarket, I felt someone behind me again. This time I didn't turn around. I hurried get to my house. I opened the door very quickly. I thought, "It's my imagination". I relaxed. I started to cut the vegetables and I felt someone behind me. I left the knife on the table. I went to take the phone. When I returned to the kitchen the knife wasn't on the table.
“I died this day."
“I died this day."

diumenge, 2 de juny de 2013

Microrelats de l'alumnat 2

Continuem amb una selecció dels microrelats:

A dark day by Melissa Olmedo

"One dark day, I got to high school. My friend went with me all the way, and an other friend joined us. At 08:25h, the bell rang, and we entered it. There was nobody there; no students, no teachers... We went upstairs to 4thB classroom. The door was open and we sat there. We pulled up the blinds and opened the windows, but there wasn't any sunlight, the day was very dark and cold. We were a bit frightened, and stayed in silence. Suddenly, the door closed, and made a strong noise. At this moment, we heard someone walking. We were very scared and locked the door. Immediately, someone introduced the key in the door's lock, and said: 
-What are you doing here!? Today is Saturday! 
He was the porter!
We went back home and now we laugh when we remember it."



Un día oscuro, fui al instituto. Mi amiga vino conmigo todo el camino, y otro amigo vino también. A las 08:25h, sonó el timbre, y entramos. No había nadie, ni profesores, ni estudiantes. Subimos las escaleras a la clase de 4B. La puerta estaba abierta y nos sentamos ahí. Subimos las persianas y abrimos las ventanas, pero no había luz del sol, el día estaba muy oscuro y muy frío. Estábamos un poco asustados, y estuvimos en silencio. De repente, la puerta se cerró, y hizo un fuerte ruido. En ese momento, escuchamos a alguien andar. Estábamos muy asustados y cerramos la puerta con pestillo. Inmediatamente, alguien metió la llave en la cerradura, y la abrió, encendió las luces y dijo: 
-¿Qué estáis haciendo aquí? ¡Hoy es sábado!
Era el conserje. 
Nosotros volvimos a casa y ahora nos reímos cuando nos acordamos.

dissabte, 1 de juny de 2013

Microrelats de l'alumnat 1

Ací us posem una mostra dels textos dels alumnes que han participat en el "concurs de microrelats".

"Long time ago, in the Cube, two children were solving the puzzles their “teachers” gave to them. There was no fun. Their “teachers” were preparing them to be robots for the Cube.
One day, the girl screamed, said a few words, today unknown, and ran away. The Cube’s security people caught her and burned her hair. “The law says it”, they said.
Her best friend wrote on all the papers he could the next message: “We aren’t free!” These papers arrived to a lot of people, but one of them arrived to the Captain. As he was furious, he took the children to the punishment room and killed them. The Captain, proud of himself, shouted: “That’s what happens to those people who want to run away! Now, work!”
All the people returned to work but since that day something changed in their minds. And that something was liberty."

by Amparo León

 

Hace muchos años, en el Cubo, dos niños estaban resolviendo los puzzles que sus "profesores" les entregaban. No había diversión. Sus "profesores" los preparaban para ser robots para el Cubo.
Un día, la niña gritó, pronunció unas cuantas palabras, hoy en día desconocidas, y huyó. Los agentes de seguridad del Cubo la cogieron y le quemaron el pelo. "La ley lo dice", decían.
Su mejor amigo escribió en todos los papeles que pudo el siguiente mensaje: "¡No somos libres!". Estos papeles llegaron a mucha gente, pero uno de ellos llegó hasta el Capitán. Él, estando furioso, llevó a los niños a la sala de castigo y los mató. El Capitán, orgulloso, gritó: "¡Eso es lo que les pasa a aquellos que intentan huir! ¡Ahora, trabajad!"
La gente volvió al trabajo pero, desde aquel día, algo cambió en sus mentes. Y ese algo fue la libertad.